4/5/10

Crónicas de Pushân: Cádiz

Del Cádiz de Alberti, la cal hirviente de sus muros porque lo blanco, a lo más blanco desafía.
Del Cádiz de Neruda, la claridad más verde porque la lluvia y el viento juegan en el vacío.

Allí me acosté con una canción de grillos y nada más. Triquiñuelas las del silencio intentando sortear la maraña de calles entre naranjos. La nuestra era una casa como todas las demás: encalada y con ventanas sobresaliendo por sus herrajes negros. Sin embargo, el interior era un museo, una colección de piezas auténticas al más puro estilo andaluz y con reminiscencias árabes. Desde la azotea y entre tejados, la mirada atenta de Medina Sidonia se centraba en los molinos de viento y, a lo lejos, en el mar de San Fernando. Olor a jazmin y flores en cada esquina. Tirantes y sabor eterno a verano.

27/4/10

Crónicas de Pushan: Tulipland

Anunciarme que voy a recibir una sorpresa e ir descubriéndola poco a poco, al final tiene el éxito asegurado: uno, por la sorpresa en sí y dos, porque alguien lo ha pensado especialmente para mí.

En una ocasión leí que un jardín acaba reflejando tu energía, tu constancia y tu espíritu. Para cada cosa hay un momento y a mí la afición por las flores me viene desde hace muy poco. Quizás nunca antes me había parado a pensar que todo cambia cuando hay un ramillete de flores frescas en la ventana.

El mes de abril en persona me secuestró el sábado para sorprenderme con un maravilloso jardín. Juntos cruzamos la frontera de Bélgica con Holanda para asistir a uno de esos espectáculos que hay que presenciar al menos una vez en la vida. El Blloembollenstreek, entre Leiden y Haarlem, es la zona de cultivo de esta idílica flor. El recorrido por los campos de tulipanes y el sosiego de las aldeas que los gozan es la mejor válvula de escape para alegrar el alma y empaparse de quietud.

No quisimos regresar sin un ramo de tulipanes rojos y en tan solo unas horas disfrutamos de nuestro propio jardín porque a la mañana siguiente, cuando miramos hacia la ventana, la casa parecía otra. Tal y como había leído, el jardín acabó reflejando nuestra energía, constancia y espíritu: los capullos ya eran flores.


17/4/10

Alba y crepúsculo

Amenazaba lluvia pero los últimos rayos de luz lograron extenderse a lo largo y ancho de la meseta. Al fondo asomaban ya los picos aún nevados del inmaculado paisaje asturiano y, al contrario de lo que siempre ocurría una vez atravesado El Negrón, el día clareaba antes de invitar a la noche. El crepúsculo bajando el Huerna, en un avanzado mes de abril, era el usual pero a mí se me antojaba distinto, quizás por la nostalgia, quizás por el sentimiento de asturianía o sencillamente porque cada vez que volvía todo era más bello que la última vez.

Horas más tarde, apenas unas estelas blancas rompían el que se predecía como un día de impecable azul cielo bajo las faldas del Naranco. El alba en las calles silenciosas; en el aire madrugador que golpea la cara para estimular cada paso y cada pensamiento; y en el arranque de un día cualquiera en una ciudad del corazón de Asturias, ya no se me antojaba distinta, quizás porque volver era como no haberse ido nunca.