Aquí tienes un cofre. No es un cofre cualquiera. Tienes que prestar atención y no perder detalle. Es importante que te prepares para experimentar las sensaciones de un regalo imprevisto, un regalo sin un por qué pero con muchas razones.
Si te fijas en la inscripción, verás tu nombre escrito con tinta indeleble. Quiere decir que es para tí.
Cuando lo abras se despertarán los nuevos sueños almacenados en este último año; se despedirán de tí los malos momentos; a tu memoria se coserán las imágenes felices y a tu corazón la dicha de los sentimientos sinceros.
Cuidado cuando se destapen las ilusiones, has de atraparlas sin miedo, con rapidez y precisión, de ello depende que en el nuevo año se cumplan.
En cuanto a las decisiones complicadas, simplemente déjalas fluir. No conviene forzarlas, aflorarán con tu instinto.
El pasado hará acto de presencia pero tienes que saber cómo manejarlo. Que no te influya demasiado, ya sabes: "todo pasa y todo queda". En cuanto al futuro, recuerda que es una quimera y es efímero así que huye de las expectativas y concéntrate en el presente, que es el seductor por excelencia y el que realmente te va a hacer disfrutar.
En el fondo del cofre deberás desatar el lacito que rodea el sobre verde esperanza. Es muy importante. En él están guardados para tí todos mis mejores deseos. No me he olvidado de ninguno así que espero que puedas rescatarlos todos, eso querrá decir que mi regalo habrá merecido la pena.
Ah! y antes de cerrar el cofre de nuevo, cerciórate de que has hilado todos los pespuntes de tu nuevo año y de que no hay ninún hilo suelto.
Al cerrar fíjate en la inscripción porque debajo de tu nombre se dibujará una sonrisa.
16/12/09
9/12/09
Diarios de alcoba
Eran las 7 y 22 minutos y me apeteció comenzar a escribir la historia de una ilusión.
Quise que fuera otoño, la seronda de Asturias para ser más precisa; que hubiese árboles desnudos, hojarasca en el suelo y un tapiz de ocres, rojizos y marrones en el ocaso de las montañas; que hubiese neblina y orballo.
El capudre y el xardón anunciaban la Navidad al tiempo que despedían al mes de las castañas y allí estaba ella, con sus 365 sonrisas absorta ante la Puerta del Paraíso, la Puerta a Asturias. No eran mucho más de las cinco de la tarde y cada día, a esa hora, sentía el mismo cosquilleo. La acompañaba una ilusión de mirada penetrante, alma enternecedora y personalidad de Don Juan.
En plena estampa otoñal, se detuvo a mitad del camino para escuchar el silencio y la naturaleza le regaló un paréntesis de música descollante. Las ramas y las hojas de los árboles ya eran siluetas negras bajo un cielo sin apenas luz y allí seguía ella. Miró el reloj y las agujas se pararon a menos diez. En ese tiempo detenido deseó con fuerza bailar con la ilusión y convertirla en canción; sentir su respiración y derretir el frío; esperar un susurro y recibir un trocito de corazón en su aliento.
Aquello ocurrió sin más, en un lugar sin coordenadas, perdido en el sueño de una tarde de otoño. Ocurrió en un tiempo sin horas, minutos, ni segundos. Ocurrió en un momento único e irrepetible en el que solo ella y su ilusión personificada fueron los protagonistas de la historia.
El final no está escrito. Ella retomó el camino y miró el reloj con un único deseo: que siguieran siendo menos diez.
Las ilusiones no tienen por qué quedarse solo en instantes fugaces.
Quise que fuera otoño, la seronda de Asturias para ser más precisa; que hubiese árboles desnudos, hojarasca en el suelo y un tapiz de ocres, rojizos y marrones en el ocaso de las montañas; que hubiese neblina y orballo.
El capudre y el xardón anunciaban la Navidad al tiempo que despedían al mes de las castañas y allí estaba ella, con sus 365 sonrisas absorta ante la Puerta del Paraíso, la Puerta a Asturias. No eran mucho más de las cinco de la tarde y cada día, a esa hora, sentía el mismo cosquilleo. La acompañaba una ilusión de mirada penetrante, alma enternecedora y personalidad de Don Juan.
En plena estampa otoñal, se detuvo a mitad del camino para escuchar el silencio y la naturaleza le regaló un paréntesis de música descollante. Las ramas y las hojas de los árboles ya eran siluetas negras bajo un cielo sin apenas luz y allí seguía ella. Miró el reloj y las agujas se pararon a menos diez. En ese tiempo detenido deseó con fuerza bailar con la ilusión y convertirla en canción; sentir su respiración y derretir el frío; esperar un susurro y recibir un trocito de corazón en su aliento.
Aquello ocurrió sin más, en un lugar sin coordenadas, perdido en el sueño de una tarde de otoño. Ocurrió en un tiempo sin horas, minutos, ni segundos. Ocurrió en un momento único e irrepetible en el que solo ella y su ilusión personificada fueron los protagonistas de la historia.
El final no está escrito. Ella retomó el camino y miró el reloj con un único deseo: que siguieran siendo menos diez.
Las ilusiones no tienen por qué quedarse solo en instantes fugaces.
2/12/09
El sigilo de una caminante por Madrid
El frío captura el silencio de Madrid. Solo mis ojos y mis pies. Y después las sensaciones.
Camino asociando ideas. Me atraen las hojas pisadas en las baldosas, ésas que se arrepintieron de caer del árbol y ahora se abrazan a cualquier zapato.
La calle se llena de zapatos a elegir pero todos transitan con premura marcando el ritmo acelerado de una mañana frenética. Los pies responden a la razón al igual que las prisas al estrés.
Todos somos extraños, quizás por eso domine la inexpresión. No me cruzo ni siquiera una sonrisa ¿nadie es feliz?
Los abrigos envuelven tanto los problemas que no dejan aflorar los sentimientos y yo me pregunto si hoy tu necesitas llorar; o tu deseas brincar de alegría; o en cambio tu quieres vaciarte de ira...
Hoy es un día más para todos aunque no sea un día cualquiera porque cada día tiene un qué, un dónde, un cuándo, un quién, un cómo y un por qué.
Camino asociando ideas. Me atraen las hojas pisadas en las baldosas, ésas que se arrepintieron de caer del árbol y ahora se abrazan a cualquier zapato.
La calle se llena de zapatos a elegir pero todos transitan con premura marcando el ritmo acelerado de una mañana frenética. Los pies responden a la razón al igual que las prisas al estrés.
Todos somos extraños, quizás por eso domine la inexpresión. No me cruzo ni siquiera una sonrisa ¿nadie es feliz?
Los abrigos envuelven tanto los problemas que no dejan aflorar los sentimientos y yo me pregunto si hoy tu necesitas llorar; o tu deseas brincar de alegría; o en cambio tu quieres vaciarte de ira...
Hoy es un día más para todos aunque no sea un día cualquiera porque cada día tiene un qué, un dónde, un cuándo, un quién, un cómo y un por qué.
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