11/5/10

Diarios de Alcoba

Ups... y llegó el desvelo: ese mal que cuando intentas dormir y no puedes, es un infierno o ese dulce momento en el que te despiertas y sientes una necesidad apoteósica de rellenar páginas en el diario. A veces fruto de los nervios, otras del ruido de los vecinos y otras motivo de la sinrazón... siempre se puede aprovechar para sacarle partido o..., por el contrario, para alcanzar la desesperación absoluta.

Esta noche me hubiera gustado estar en África y, al menos desvelarme con el ruido de la naturaleza y sentir la inspiración de narrar aventuras como la de alguna de esas valientes exploradoras de siglos pasados a las que leo. Sin embargo estaba en mi cama de Madrid desvelada y, para colmo, con el síndrome de piernas inquietas, pero no por motivos de salud sino por la estrambótica música que lleva unos meses turbando mi sueño, que es muy preciado.

4/5/10

Crónicas de Pushân: Cádiz

Del Cádiz de Alberti, la cal hirviente de sus muros porque lo blanco, a lo más blanco desafía.
Del Cádiz de Neruda, la claridad más verde porque la lluvia y el viento juegan en el vacío.

Allí me acosté con una canción de grillos y nada más. Triquiñuelas las del silencio intentando sortear la maraña de calles entre naranjos. La nuestra era una casa como todas las demás: encalada y con ventanas sobresaliendo por sus herrajes negros. Sin embargo, el interior era un museo, una colección de piezas auténticas al más puro estilo andaluz y con reminiscencias árabes. Desde la azotea y entre tejados, la mirada atenta de Medina Sidonia se centraba en los molinos de viento y, a lo lejos, en el mar de San Fernando. Olor a jazmin y flores en cada esquina. Tirantes y sabor eterno a verano.

27/4/10

Crónicas de Pushan: Tulipland

Anunciarme que voy a recibir una sorpresa e ir descubriéndola poco a poco, al final tiene el éxito asegurado: uno, por la sorpresa en sí y dos, porque alguien lo ha pensado especialmente para mí.

En una ocasión leí que un jardín acaba reflejando tu energía, tu constancia y tu espíritu. Para cada cosa hay un momento y a mí la afición por las flores me viene desde hace muy poco. Quizás nunca antes me había parado a pensar que todo cambia cuando hay un ramillete de flores frescas en la ventana.

El mes de abril en persona me secuestró el sábado para sorprenderme con un maravilloso jardín. Juntos cruzamos la frontera de Bélgica con Holanda para asistir a uno de esos espectáculos que hay que presenciar al menos una vez en la vida. El Blloembollenstreek, entre Leiden y Haarlem, es la zona de cultivo de esta idílica flor. El recorrido por los campos de tulipanes y el sosiego de las aldeas que los gozan es la mejor válvula de escape para alegrar el alma y empaparse de quietud.

No quisimos regresar sin un ramo de tulipanes rojos y en tan solo unas horas disfrutamos de nuestro propio jardín porque a la mañana siguiente, cuando miramos hacia la ventana, la casa parecía otra. Tal y como había leído, el jardín acabó reflejando nuestra energía, constancia y espíritu: los capullos ya eran flores.